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RECUERDOS DE LA MELILLA MARINERA











En las navidades de 1970, el Telegrama de Melilla publicó un suplemento en el que aparecía, entre otros, un artículo titulado: “MELILLA MARINERA. NUESTROS PESCADORES”. Estaba firmado por RAFA y describía una jornada de faena en uno de los pesqueros melillenses, concretamente el “RAFAEL Y CARMEN”. Este artículo mío, cuya versión completa se publicó en La Gaceta del Telegrama de Melilla el domingo 10 de julio de 2005, quiere ser un homenaje a aquella Melilla Marinera que desapareció hace ya muchos años.
“Este interesante reportaje periodístico estaba firmado por RAFA y relataba las experiencias vividas por el autor durante una jornada de pesca en un buque de nuestro puerto. El barco era el “RAFAEL Y CARMEN” y se dedicaba a la pesca de palangre. El palangre es un arte de pesca que consiste en una línea de la parten sedales con anzuelos. El barco tenía unos diez metros de eslora y tres metros treinta centímetros de manga y estaba equipado con un motor de 25 HP de potencia y poco más ya que en 1970 no existían ni el G.P.S, ni las modernas sondas, ni el plotter y para poder realizar su trabajo con éxito y seguridad, el pescador dependía de su saber y experiencia en la mar y su exacto conocimiento de la costa y sus marcas.
Pero antes de entrar en el artículo en sí, repasemos algunos datos del sector pesquero en 1970. Según “El Telegrama de Melilla”, en aquel año el volumen de capturas se situó en 7.876.362 kilos en total con un valor de 91.636.429 pesetas, un 6 por ciento menor que el año anterior, y es que el periódico reconoce que el caladero estaba dando muestras de agotamiento. En cuanto al marisco se dan 130.000 kilos cuando en 1965 se habían capturado 747.000 kilos, resaltando lo negativo de esta disminución en las capturas ya que el marisco se consideraba que había sido la mayor fuente de riqueza del sector pesquero melillense.
La pesca era uno de los motores económicos de Melilla y sustentaba una considerable actividad auxiliar que incluía: talleres de reparaciones, almacenes de efectos navales, suministro de combustible, lonja, fábrica de hielo, varadero del puerto y, además, proporcionaba materia prima a las fábricas de salazones y conservas de nuestra ciudad.
Por otro lado, al desaparecer el sector pesquero, desapareció algo que, si bien no creaba riqueza, también tenía su importancia. Me refiero a esa fisonomía marinera de Melilla que ya sólo vive en el recuerdo y en las viejas fotos del puerto. Fotos y recuerdos de una dársena pesquera llena de barcos que se hacían a la mar o volvían a descargar cajas y cajas llenas con las capturas del día mientras bandadas de gaviotas se disputaban los deshechos de la pesca y en la lonja comenzaba la subasta con su algarabía de gritos de vendedores y compradores. Fotos y recuerdos que seguramente ya no volverán.
Pero volvamos al artículo de Rafa y sigamos al “Rafael y Carmen” en su jornada de pesca. El barco salió a la mar (“…entre la maraña de barcos de la dársena” en palabras de Rafa), sobre las seis de la tarde con buen tiempo y puso rumbo a levante, “parece que enfilamos hacia Chafarinas” escribe Rafa.
Posteriormente, el patrón del barco, Cristóbal Aguilar, explica diversas cuestiones sobre los preparativos y gastos que origina un día de pesca. Así nos enteramos que va a utilizar tres cajas de caballas como carnada que junto con la cena (compuesta de sopa jardinera, huevos fritos con patatas, café y copa de coñac) y el gasoil elevaron los gastos para hacerse a la mar aquel día a unas dos mil pesetas de 1970.
Sobre las ocho y media de la tarde se llega al lugar donde se va a empezar a calar el palangre (teniendo en cuenta la velocidad que podría desarrollar el pequeño motor del pesquero, esta situación no quedaría muy lejos de Melilla).
Una vez situado el barco se inicia la maniobra de calar el palangre. Para ello se acercaron a tierra para calar desde la costa hacia alta mar, maniobra que tardó una hora en completarse. El arte largado tenía una longitud de unas 5 millas según cálculos realizados por Rafa que estaban basados en datos proporcionados por el patrón del barco (en el artículo la longitud del palangre se da en kilómetros, concretamente 10 Km). Las boyas que señalaban el palangre estaban dotadas, en su mayoría, de luces de petróleo, salvo cuatro que llevaban baterías. Una vez largado el palangre, la tripulación del pesquero se dispuso a cenar en espera de la hora de ir a levantarlo.
Como se explica en el artículo, esa noche el “Rafael y Carmen” había calado un palangre de superficie. En otras épocas del año se calaba el palangre de fondo que era el utilizado para pesca del mero, la cherna, el cazón, el pargo y la gallineta entre otros.
Sobre la una de la madrugada se empezó a recoger el palangre, operación esta más laboriosa que calarlo ya que ahora hay que ir recogiendo, según vengan, los peces capturados. De hecho, en el artículo se habla de una aguja de considerable tamaño que tardaron cerca de media hora en poder subir a bordo. Finalmente, tras unas cinco horas de duro trabajo, se hizo recuento del producto de la pesca de aquella noche que consistió en: 11 peces zorro, 17 agujas, 3 jaquetones y un tiburón de unos 69 kilos.
Sobre las siete y cuarto entraron otra vez en el puerto de nuestra ciudad. Una vez atracado, dio comienzo la descarga del pescado para su venta en la lonja.
Con esto acaba el reportaje de Rafa pero, como indica al mismo, los tripulantes del “Rafael y Carmen”, al igual que el resto de la flota pesquera melillense, aquella misma noche volverían a hacerse a la mar.
En 1973, Marruecos amplió unilateralmente sus aguas territoriales hasta las 70 millas, medida que ocasionó graves problemas para la flota pesquera melillense. Finalmente, los acuerdos y desacuerdos pesqueros con Marruecos, la creciente competencia ejercida por los pesqueros de marroquíes, el agotamiento del caladero y el fin de la industria conservera local, afectada por la entrada de España en la C.E.E., dieron al traste con nuestro sector pesquero.”

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